(Artículo publicado en la Revista Etiqueta Negra)

Una ciudad no es ciudad sin espacio público. Las ciudades nacen del pacto entre el espacio público y el privado, de la convivencia de intereses entre diferentes agentes que comparten un lugar y unos servicios. Pero, ¿a qué llamamos espacio público, cómo podríamos definirlo? ¿Qué lugares podríamos clasificar como espacio público? ¿Tiene un uso como tal el espacio público?

Para introducirnos en las variables y características del espacio público, hagamos un ejercicio metafórico y proyectual y transformemos un espacio privado limeño en uno público.

De Golf de San Isidro a Central Park de Lima

Central Park de Nueva York Golf de San Isidro

La primera vez que llegué a la ciudad de Lima, tenía una entrevista de trabajo cerca del Golf de San Isidro. Había buscado la dirección en google earth y pensé: “qué bien, voy a estar trabajando junto al Parque más grande de Lima”. Qué decepción cuando llegué y descubrí que esa gran mancha verde de la foto aérea no era un parque público sino un campo de golf privado rodeado de una vallas altísimas e infranqueables. Qué ignorancia la mía al creer que el Golf era como el Central Park de Nueva York.

Imaginemos cómo podría ser la noticia:

El Golf de San Isidro, el Nuevo Central Park de Lima.
Recuperando los planos originales del arquitecto Juan Grau se ha aprobado la transformación del recinto del Golf de San Isidro en parque público. Ante la inminente expropiación forzosa que se llevaba tramitando desde hacía años, la familia Moreyra propietaria del lote, ha llegado a un acuerdo con la municipalidad de San Isidro y ha cedido la mitad de su superficie (aproximadamente 23 de las 45 hectáreas totales) para la formación de los que popularmente han sido bautizados como “los cerros del golf”. La cesión financiará el mantenimiento de los circuitos de Golf que se conservan en una concesión a 20 años.
Siguiendo el estilo paisajista inglés del jardín pintoresco creado en 1924, y tomando como referencia jardines como el Buttes Chaumont de París, la nueva propuesta intenta compatibilizar usos y genera unas zonas de valles dedicadas al golf y unas colinas con belvederes para el esparcimiento ciudadano. Al igual que Frederick Law Olmsted y Calvert Vaux, quienes  proyectaron el Central Park de nueva York a mediados del siglo XIX como un lugar donde la gente de todas las razas y clases sociales podrían mezclarse, la nueva propuesta para el Central Park de Lima se convertirá en un espacio público integrador e inclusivo. Un lugar para hacer deporte, jugar, pasear, charlar e intercambiar vivencias, un espacio público que todos los ciudadanos de Lima podremos disfrutar.

Desde un punto de vista clásico y físico reduccionista podríamos clasificar el espacio público en “polos y vectores públicos”. Los polos los identificaríamos con plazas y parques y los vectores con calles, avenidas, ramblas, paseos marítimos. Los polos serían nodos de actividad pública y los vectores vías de transporte. Hasta aquí todos estaríamos de acuerdo en que estos lugares son espacio público.
Ambos servirían de lugar de encuentro social, como las antiguas ágoras griegas, espacios abiertos convocadores y gratificantes (como los define el arquitecto Luis Grossman) dedicados al diálogo filosófico. Bien es cierto, que según esta definición, como lugar de reunión y discusión pública, actualmente las redes sociales serían el espacio público virtual por excelencia.

Pero ¿y las salas de espera de los aeropuertos?, ¿las calles de los centros comerciales? ¿Las estaciones de tren? ¿Las estaciones de servicio?

Son espacios de relación e intercambio social al fin y al cabo. Para Marc Augé, en su ensayo  Non-Lieux. Introduction à une anthropologie de la surmodernité (Los no-lugares. Espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad) estos entornos no pueden considerarse espacios públicos pues son no-lugares, son enclaves anónimos para hombres anónimos, ajenos por un período transitorio a su identidad, origen u ocupaciones. De este modo, para Marc Augé, el espacio público se ubica dentro de la categoría de lugar, pues queda anclado en la memoria colectiva como un entorno donde los ciudadanos se reúnen, se encuentran, conversan, debaten y reflexionan.

¿Y si estos no-lugares fueran una suerte de espacios públicos por coincidencia, por casualidad, por necesidad, o en transición? No era su objetivo ser lugares púbicos, sino espacios comerciales o de transporte, pero pueden terminar siendo espacios de intercambio social. ¿O es la ausencia de los otros espacios públicos clásicos lo que los convirtió en el espacio público postmoderno? ¿Deberíamos como arquitectos pensar en la dimensión pública de estos no-lugares? ¿Cómo podríamos luchar por la no desaparición de los espacios públicos tradicionales? ¿Existen otras alternativas de convivencia espacial? Por ejemplo, ¿un jardín en una cubierta sería un espacio público? ¿Podría un centro comercial llegar a tener la calidad ambiental de una calle comercial medieval? ¿O estariamos pervirtiendo la función sin ánimo de lucro del espacio público? ¿Pero y cómo se financia el mantenimiento de estos espacios públicos?

 

Quizá no todos los espacios públicos que podemos clasificar actualmente fueron diseñados con tal fin. Por ejemplo, el Plan Haussmann para París tenía un objetivo meramente pragmático e higienista y sin embargo ha dejado para la prosperidad uno red de bulevares y parques que constituyen uno de los espacios públicos más ricos que existen en Europa.

Además son muchos los factores que modifican sustancialmente los espacios públicos. Si hablamos de su dimensión física, encontraremos variables como el clima, la geografía, la salubridad, los accesos… Si hablamos de su dimensión política, encontramos otras variables como son la historia, la cultura, los sistemas económicos…

Por ejemplo, el clima de la ciudad de Montreal, que es uno de los más extremos del mundo en invierno, ha transformado el espacio público tradicional abierto en uno cerrado y protegido de las inclemencias meteorológicas: más de 30km de calles comerciales surcan los subsuelos de esta ciudad, que no por ello ha descuidado el espacio público en superficie. No son espacios abiertos, son de propiedad privada en su mayor parte, y su acceso está controlado, pero podríamos decir que funcionan como espacios públicos.

Otro ejemplo relacionado con las variables históricas y culturales lo tenemos en la sensación de seguridad. En una ciudad como Lima que todavía se recupera de un pasado de terrorismo reciente, el espacio público se ha reducido a lugares enrejados y vigilados, a lugares que en el imaginario colectivo son considerados seguros. Por lo tanto, existen pocos espacios públicos de acceso no controlado.  Es curioso, porque por el contrario, los inmigrantes peruanos en ciudades como Madrid son los que mejor y mayor uso hacen de los parques debido a su carácter familiar y gregario más acentuado que el de la población española.

Un ejemplo de las variables económicas lo encontramos en el poder de la industria del automóvil en Norte América, que transformó los espacios públicos vectoriales en trayectos de uso exclusivo del automóvil y los polos públicos en centros comerciales. Otro ejemplo de estas variables económicas y políticas lo constituye la diferente proporción de espacios públicos y privados que existen entre ciudades (muy acusada es la diferencia entre ciudades europeas y americanas) debido a la diferente tradición histórico-cultural y al diferente reparto de cargas y beneficios en el momento de la urbanización del suelo. Las leyes del suelo de cada país modifican notablemente la calidad y cantidad de estos espacios públicos.

Aunque los límites del espacio público son difusos, y son muchas las contradicciones y complejidades de un discurso acerca del espacio público, haremos un intento de definición. Por el momento podríamos definirlo como un espacio físico de relación social inclusivo, casisiempre exterior, al cual deberíamos sentir que todos pertenecemos, y por ende, cuyo acceso no debería ser controlado, en el cual poder realizar actividades tales como hacer deporte, pasear, escuchar los cantos de los pájaros, charlar, jugar con los niños o leer a la sobra de un árbol. Todo esto no tiene por qué ser incompatible con estudiar formas de cofinanciación público-privadas que hagan viable y sostenible su mantenimiento a largo plazo (como las ferias y las terrazas en los parques). Pero en esencia, y desde el punto de vista del proyectista, el espacio público debería diseñarse con el objetivo de ser un lugar donde poder “ensanchar el alma”.